Caricatura satírica publicada en 'La Flaca' en 1869 donde aparecen Prim y otros políticos de la época repartiendo prebendas como si fueran turrón

Caricatura satírica publicada en 'La Flaca' en 1869 donde aparecen Prim y otros políticos de la época repartiendo prebendas como si fueran turrón

Democracias

El caleidoscopio del caciquismo

El sistema político español mantiene, con actualizaciones, asombrosas analogías con los mecanismos clientelares del ‘turnismo dinástico’ del siglo XIX y principios del XX

11 julio, 2021 00:10

La verdadera seriedad es cómica, escribió Nicanor Parra. La muerte es una asesina que sonríe. Y todas las vidas sin excepción –incluso las de ensueño– comienzan con sangre, sudor y llantos. Las cosas tienen su haz y su envés. Cara y reverso. La Historia, a la que algunos dan por muerta aunque con seguridad vaya a ser la invitada principal en su propio sepelio, puede resumirse con una caricatura. Los dramas mudan en chistes gracias a la magia infalible de la sátira. Acaso quienes mejor retrataron el siglo XIX español, junto a Galdós y Clarín, sean los ilustradores de la prensa burlesca. En 1868, cuando Isabel II fue destronada, comenzaron a llenar los diarios con su humor salvaje y corrosivo. Fue una etapa breve –seis años después los borbones volvían al trono y la fiesta terminaba– que, sin embargo, nos ha dejado imágenes exactas y crudas de la clase política

En los más de seiscientos diarios que entonces salían a la calle, cada uno haciendo la guerra por su cuenta, el arte bastardo de los caricaturistas inmortalizó, sin piedad y sin censura, a los próceres y los prohombres de un país que a finales de esa centuria perdería las últimas plazas de su imperio de Ultramar. El ocaso de las colonias postreras provocó una crisis de identidad mientras las élites seguían acudiendo a los toros. Para los intelectuales de aquel momento la debacle de Cuba y Filipinas tuvo bastante de drama moral. Entre quienes tenían conciencia del giro que daba la Historia la frustración no era, sin embargo, nada nuevo. 

Por dónde viene la muerte, de Eduardo Sojo «Demócrito, publicada en la revista satírica española El Motín. Fecha 17 de abril de 1881

Caricatura titulada ¿Por dónde viene la muerte? de Eduardo Sojo, Demócrito, publicada en la revista satírica española El Motín. el 17 de abril de 1881 / BNE

Desde la caída del absolutismo las calamidades habían venido sucediéndose sin remedio, llenando las gacetas políticas de una furia ilustrada que no dejaba ser una honda expresión de desencanto. En esas tiras burlescas, ejemplos de composición, fuerza y sociología, aparecen los políticos de una España en la que la vida pública, aparentemente, discurría por estrictos cauces democráticos. Desde 1834 hasta 1923, cuando Primo de Rivera se convierte en dictador con la anuencia de Alfonso XIII, existe un régimen parlamentario duradero en nuestro país. Lo que no duran son las constituciones, los gobiernos o los ministros. 

Lo que se repite, igual que una salmodia, son las asonadas militares, las misas de condena y la consolidación del poder del caciquismo, la única institución social con arraigo en un país de campesinos hambrientos, braceros miserables y rudos analfabetos. Pocos sabían leer, pero todos podían mirar las viñetas, coleccionar los almanaques o jugar con las barajas de cartas que los periódicos regalaban con las efigies de todos los notables, que se sucedían a sí mismos sin tener que cambiar de apellido

Dibujo de El pájaro rojo donde en una gran careta de carnaval se lee Programa de Cádiz, en alusión a la sublevación gaditana en donde nació La Gloriosa. 

Dibujo de El pájaro rojo donde en una gran careta de carnaval se lee Programa de Cádiz, en alusión a la sublevación gaditana en donde nació La Gloriosa. 

De aquella España ha escrito una excelente radiografía el historiador Carmelo Romero Salvador. En su ensayo Caciques y Caciquismo en España, editado por Catarata, se pasa revista a los 186 años de clientelismo que discurren entre 1834 y 2020. En efecto, no se trata de ningún error: el caciquismo ha perdurado, bajo distintos rostros y con diferente ropajes, hasta el presente inmediato. La portada del libro lo expresa con un retrato del arquetipo por antonomasia de nuestra tradición política: un maniquí sin rostro, ataviado con un solideo eclesiástico (la Iglesia), una toga con puñetas (la justicia y la burocracia), una espada (militar, por supuesto), la pluma (con la que escriben los intelectuales), un periódico (un poder más dentro del poder) y una medalla nobiliaria (símbolo de las estirpes familiares y los grupos de influencia dominantes). Todo está en esta ilustración de César Ordóñez Mirón. 

El origen del caciquismo, por supuesto, es anterior a la Restauración (1874-1903), pero es durante este periodo histórico donde adquiere su mayor grado de perfección como industria de la influencia, instaurando un característico modelo de poder que, con adaptaciones y variantes, persiste hasta nuestros días merced a la institucionalización (como democracia formal) de la Santa Transición. Hasta aquí los hechos. Otra cosa son las interpretaciones. Para intelectuales como Joaquín Costa, padre del regeneracionismo, el poder de los hombres de honor y las familias provinciales es uno de los grandes males de España, aunque esta lectura, que ha hecho fortuna en la historiografía posterior, no ha conseguido que los políticos ni la sociedad, mucho menos las élites, hayan hecho demasiado por convertirla en pretérito. 

Caciquismo

Al contrario, parte de sus sucesores han ido adaptando a las circunstancias cambiantes del tiempo su filosofía mediante un sostenido gatopardismo. La palabra caciquismo, de origen americano, figura en el diccionario de la Real Academia desde 1884. Su definición –“excesiva influencia de los caciques en los pueblos”– es tautológica, quizás por obvia. Desde su origen el concepto ha ido asociado a un universo rural donde las relaciones de poder están basadas en la jerarquía de la necesidad y la dependencia. El caciquismo es el sistema de control social inherente al liberalismo decimonónico –que en España siempre fue relativo– y donde el intercambio clientelar perpetúa la desigualdad bajo el disfraz de la caridad, el favor piadoso o el paternalismo. Tres vicios que parecen virtudes.

El marxismo lo consideraba “dominación de clase”, pero las evidencias históricas, lejos de avalar esta tesis, alimentando la victimización infantil que ya es la norma social de nuestros días, muestran que el comercio de la voluntad política –que es lo que expresa un voto dentro de una urna– resulta imposible si quien se vende no nutre el negocio que lo domina. Más que víctimas, en el caciquismo sociológico que casi ha condicionado los dos últimos siglos de la política española lo que existen son colaboradores (necesarios), quejosos que camuflan su indignidad bajo la coartada del desamparo y una endogamia ecuménica entre poderes sociales que no diferencian entre ideologías –el pragmatismo siempre lo dictan las ambiciones personales– y que confunde el interés general con el particular. Si la verdad se desvela, por azar u error, se tapa esta realidad con una fábula. Dura hasta que un buen día aparece una cuenta en Andorra o Suiza. Entonces comienza el retablo de desmemoria, excusas y justificaciones, ya sean monárquicas, conservadoras, socialistas o nacionalistas. 

El triunfo electoral (1872): LA CARCAJADA

Cánovas, subido en un embudo, rodeado de sus deudores en un dibujo publicado en 1872 en La carcajada

La sociología del caciquismo que Carmelo Romero dibuja desde sus orígenes a la actualidad no exagera. No lo necesita. Su análisis se sustenta en datos indiscutibles. El ensayo es un ejemplo de rigor combinado con un fino humor. Donde cuenta cómo los espadones del teatro de Valle Inclán o los hombres de honor de aldeas remotas van siendo sustituidos –mediante reencarnaciones, cada una según la época– por los jefes de escuadra de los partidos políticos, las altas magistraturas y los virreyes de las autonomías, configurando así una metamorfosis nada idílica de nuestro presente, excesivamente parecido a nuestro pasado. El caciquismo, precisamente dada su longevidad, no es un sistema pétreo, sino inteligentemente poroso. Nació por una evidencia empírica: el monopolio del poder por parte de una de las dos familias políticas dominantes, como ocurrió en la monarquía isabelina, fomentaba las asonadas militares, auspiciadas por los rivales y, a la larga degeneraba en inestabilidad. Las guerras entre parientes (ideológicos) son muy crueles, pero desde el prisma de las oligarquías –España era entonces un país de propietarios y masas rurales, sin clases medias– los conflictos realmente alarmantes son los que tienen un inquietante sesgo de clase, porque son equivalentes a los que sustituyeron el Antiguo Régimen

Para prevenir esta calamidad, que tiempo después terminaría cristalizando en la Guerra Civil, donde además del pulso entre los grandes totalitarismos de los años treinta latía el desprecio de los señores por sus súbditos y el odio de éstos contra sus dominadores, temerosas ante los riesgos de una democracia total, las dinastías dominantes pactaron un sistema dinámico en el que las urnas debían sancionar sus deseos, no al contrario. Una cohabitación representada por las figuras Cánovas y Sagasta, pero en cuyo cuadro panorámico también habitaban personajes secundarios, aunque vitales para la representación, entre los que están los caciques, los hombres de negocios, los militares, el poder civil de los gremios, los curas, los intelectuales profesionales y la prensa.

Canovas y Sagasta en un potro sobre una alegoría de España (1892) : EL MOTÍN

Canovas y Sagasta juegan en un columpio sostenido por una alegoría de España en una ilustración satírica publicada en 1892 en El Motín

El ensayo de Romero Salvador reconstruye con documentos históricos este paisanaje que, con distinta procedencia, métodos similares y eficacia envidiable configuraron uno de los modelos de democracia (sin sustancia) más perfectos que han existido. Donde el pueblo decide (lo que le dicen) y los elegidos hacen (lo que quieren). En el que el ejercicio de la política es confiado a la institución familiar y las estirpes consagran a sus primogénitos a administrar el mayorazgo y mandan a los segundones a la política, igual que antaño los primeros heredaban la casa y los posteriores ejercían como clérigos. Un universo donde los mismos apellidos, gracias una extensísima red de favores, velan para que el cauce del río no se salga violentamente de su curso.

Desde los primates del liberalismo agrario, con sus robos de urnas, electores difuntos, pucherazos majestuosos y obispos susurrantes hemos pasado, en un ejercicio de destilación, a los aparatos partidarios, la transformación del periodismo en propaganda y la compra (vía patrocinio) de voluntades. Ya no hace falta pagar en metálico. La tecnología permite hacerlo en especie y en bitcoins. El sistema clientelar se ha refinado y, en algunos casos, llega a cotas artísticas merced a las cuales –como escribe Romero Salvador– los parlamentos son ministeriales y los gobiernos escasamente parlamentarios

“Ésta era la lógica política de los regímenes liberales anteriores a la hegemonía de la democracia de masas: los gobiernos convocaban las elecciones para disponer de fuerzas adictas en los parlamentos y, de este modo, gobernar con cómodas mayorías que sólo las crisis procedentes de la monarquía como poder moderador –llamadas orientales, al proceder del Palacio de Oriente– o las disidencias rompían de forma periódica”. En estos casos extremos, obviamente, quedaba un último recurso: la abdicación del Rey en su sucesor, para que todo el ciclo vuelva a empezar desde el principio sin mácula. ¿No les suena? 

Caricatura de la Familia Real (1870) DANIEL PEREA

Caricatura irónica de la Familia Real en tiempos de Isabel II (1870) / DANIEL PEREA

“Para que este modelo político funcionase” –prosigue el historiador soriano– “era necesaria una sistemática corrupción electoral, la hegemonía de los poderes ejecutivos (Gobiernos y Jefes de Estado) sobre los parlamentos y, como contrapartida, el uso discrecional de los recursos públicos para compensar los favores recibidos en forma de votos”. Parece hablar del pasado, pero el diagnóstico se asemeja al presente. Salvo por una diferencia: al contrario que en el siglo XIX, cuando sistemáticamente el Gobierno en ejercicio ganaba las elecciones que él mismo convocaba, ahora cabe la opción del neoturnismo propio del bipartidismo, convertido desde 2015 en una alianza entre bloques frentistas. 

En un país donde la escasez es norma, todo debe pasar por un embudo –lo administre un cacique de casino o el secretario de organización de un partido– los negocios se hacen al calor de la administración y los monopolios de facto aún perduran, las instituciones ancestrales no mueren. Simplemente cambian. Se adaptan. Es cierto –a esto dedica Romero Salvador el último capítulo de su ensayo– que España ya no es una sociedad analfabeta, rural y con escasa cultura política, pero permanecen otras muchas cosas de entonces, como el desprecio al conocimiento, el ateísmo del esfuerzo, la celebración de la picardía, una profundísima afición al teatro –lo que no implica gusto dramático– y la persistencia de un imaginario familiar que prefiere la sangre y la cercanía a la eficacia o a la independencia.

Chistes sobre fraudes electorales cometidos con la participación de la Iglesia y las fuerzas de seguridad

Chistes sobre fraudes electorales cometidos con la participación de la Iglesia y las fuerzas de seguridad

Entre todas las analogías posibles destacan tres: la endogamia de la clase política –que el libro ilustra con árboles genealógicos de políticos antiguos y modernos donde el sistema de los caciques conservadores se perpetúa en los diputados socialistas, conservadores y nacionalistas de la temprana democracia–, la institucionalización de los padrones territoriales –representados en las estirpes autonómicas– y la ley electoral de 1977 que, con adaptaciones, se parece mucho a las de la Restauración, donde el voto quedaba limitado y, para prosperar, hacía falta tener protectores o alquilar los servicios de conseguidores, de la misma manera que el sistema electoral de la Transición fue concebido para modular el sentido real del voto, según conveniencia. 

En este caleidoscopio hay invariantes, como que el Senado aún funcione como un cementerio de elefantes donde primero se sentaron los oligarcas, después los procuradores franquistas (que se hicieron el harakiri en el Congreso) y ahora ocupan los jubilados de oro de los partidos políticos, que cobran sin ir ni a las sesiones. También innovaciones, como es el caso de las listas cerradas, algo que no aparece en ninguna constitución anterior a la vigente. La democracia española, donde un voto no vale igual que otro y los nacionalistas gozan de una representación superior a sus votos, sigue teniendo, como en el siglo XIX, un aire rancio de asamblea vigilada. Sus decisiones pueden ser revertidas desde dentro –el Senado era el instrumento de la Corona para actuar como freno de emergencia sin tener que recurrir a los cuartelazos– y en la que nada queda al azar. Todo para que España, donde los reformistas son animales mitológicos, no deje ser la de siempre. Un país donde representantes y representados habitan en ficciones paralelas.