¿Cómo vivir con la ausencia?

El Diván

Toda pérdida de una persona cercana es traumática y toda historia pasada punzante

Horizontal

La ausencia de un ser querido es irreversible y provoca incomprensión

AntonioGuillem / Getty

En muchas etapas de la vida se pierde a personas cercanas. Distintas circunstancias y momentos de la existencia desprenden el dolor de su marcha, tan imposible de creer cuando faltan. Después los días amanecen, es la mañana, al abrir los ojos y preparar el café o ponerse las zapatillas resguardadas al pie de la cama, bostezar y estirar las piernas hay que vivir. No hay otro remedio, pero ¿de qué manera y desde qué frontera? Todo asemeja a una ficción cuando la otra persona no está.

La gente dice: “parece mentira”; “pienso que va a entrar por la puerta de casa en cualquier momento”; “no me hago a la idea”. La literatura sobre la pérdida y el duelo (Julian Barnes, Joan Didion, Thomas Bernard, Primo Levi, Aharon Appelfeld, entre muchos otros) se ha dedicado intensamente a dibujar una gramática que articule o decline el tiempo de quedar partido en dos. Una parte tira hacia delante casi sin darse cuenta, empujada por la rutina de hacer las cosas, así, tal cual. Pero hay otra parte que mira con nostalgia hacia atrás y rebobina, reconstruye, rememora, sin poder rectificar porque es demasiado tarde.

Situación irreversible

La gente dice: “¿y si le hubiéramos llevado en seguida al hospital?” “¿Y si aquél día no hubiéramos salido?” “¿Y si hubiéramos hecho una consulta?” “¿Y si no nos hubiéramos gritado aquella noche?” Estas preguntas cruzadas se conocen bien. Reflejan la torpeza profunda que habita al ser humano frente a lo irreversible. Jean Piaget situó hacia los nueve años el momento evolutivo de entender qué significa la irreversibilidad. Es decir, la capacidad cognitiva para captar que una persona ya no volverá más.

Sin embargo, una cosa es la capacidad cognitiva para entender, explicar (incluso científicamente) y otra muy distinta vivir con ello. Incorporar la ausencia haciéndola experiencia: despertarse, dormir, entrar, salir, comer, beber, disfrutar, sufrir con ello. La ausencia se cuela por dentro de las vidas mínimas de las personas, deslizándose como si nada por entre sus piernas cuando caminan, a veces haciéndoles tropezar estrepitosamente (y hay quién rueda por el suelo un rato).

Duelo inconsolable

En el barrio perdimos a una vecina. Éramos conocidas del lugar y nos caíamos bien. A menudo, coincidíamos en el parque o paseando por las mismas calles con nuestros perros. Era una mujer elegante incluso cuando vestía informal. Siempre me pareció inteligente, de una finísima cortesía. Hablábamos de los hijos y sus promesas, del tiempo cambiante, de la fibra óptica que no llegaba, de los pisos en venta por la zona, de lo que habíamos estudiado en la universidad, de las interminables vacaciones en el mar o en la montaña, con la distancia políticamente correcta de las personas no íntimas. Ahora no está. Sigo paseando por el barrio pero no me la encuentro. Hace semanas, meses, que no coincidimos. Se sabe por qué, aunque no se diga ni se piense. Su afilada ausencia se ha convertido en un lugar familiar, en parte del entorno conocido por ella. Su perfil y sus pasos están ahora más presentes que nunca, paradoja de una extrema y absoluta desaparición.

La ausencia del otro deja en la perplejidad total: es irreversible y a la vez incomprensible. No hay duelo que valga cuando se pierde a alguien. Se trata de otra cosa, de la posibilidad de cambiar, hacer una metamorfosis que acoja parte de lo que somos. Lacan llamó a eso “Real”: nunca se termina ni queda completamente elaborado. Por eso toda pérdida es traumática y toda historia pasada punzante. Así se vive con la ausencia: la hospedamos dentro, en el hueco de nuestro precario y extraño ser dividido por la palabra.

Anna Pagès. Professora Titular de la Facultad de Educación-Blanquerna Universidad Ramon Llull. annaps@blanquerna.url.edu en Barcelona

Mostrar comentarios
Cargando siguiente contenido...